Opinión
Lo importante son las tetas
Por LUIS Mendoza
Una curiosidad actual y cuasi científica es conocer cuándo una teta deja de ser teta y empieza a ser globo. En cuanto al aspecto, pudiera ser fácil la apreciación. Más complicado es conocer la textura. Al menos para las personas, mujeres y hombres --sin prejuicios añadidos--, de mi generación. Y es que aquello era enfermizo, morboso, doloroso y una permanente curiosidad y angustia. Teta que veías, un milagro; teta que tocabas, un compromiso, un abuso de poder de clase y, muchas veces, el preludio de una sonora bofetada. Pero los tiempos, ¿por fortuna?, avanzan que es una barbaridad. Les contaré algo conmovedor, ridículo, fuera de aquella realidad y más cosas, pero, en todo caso, desproporcionado con lo que debe ser una razonable actitud humana.
Fernando era un amigo de Priego algo mayor que yo, aunque no tendría tampoco más de quince años. No obstante, debo admitir y también él, si lee esto, que era bastante precoz en asuntos del sexo, no del amor, que resultaba mucho más complicado en los mejores años de la dictadura y de los curas. Pues un buen día, el ya iniciado Fernando me mostró, no sin gran misterio, una fotografía en blanco y negro de una señora completamente en pelotas. Sin detalles, pero sus pechos se veían perfectamente, derechos y periformes, y más se adivinaban firmes o prietos. Tal fue mi impresión, que por aquellos años solo los veías a alguna madre o a la tuya propia, de uno en uno y durante la sagrada función o ejercicio propio de la maternidad, que saltó mi interés, vehemente y de ojos desorbitados, por poseer no tan bella como sugestiva imagen: unas tetas al desnudo con una mujer sin ropa, que por otro lado era natural si no llevaba ni un pañuelo sobre su cuerpo. Pues bien: un cuchillo de monte, que no sé de dónde saqué, me costó aquella foto. Pero la historia no acaba aquí. Tan orgulloso estaba de mi adquisición, de aquellas tetas --perdón--, de aquella mujer desnuda que yo contemplaba a mi antojo en mis soledades, que, lleno de entusiasmo y con solemne y prudente tapadillo, se la mostré a otro amigo, Alberto, también algo mayor que yo pero con el que siempre me había llevado y me llevo de maravilla. Mi amigo Alberto, que era falangista de los de entonces y siempre correcta y gran persona, no tuvo más que agarrar la foto y hacerla pedacitos ante mis ojos, que crecieron tanto que por poco se echan a rodar. Tampoco mi boca dejó de merecer en su apertura. Me dejó frío mi gran amigo.
Pues no quedó ahí la historia y ahora viene el colmo de la represión o de la aberración; en suma, de la importancia que para un chaval de doce o trece años tenían unas tetas en lo más brillante de la dictadura y de la materialización dolorosa de los pecados de la carne y el infierno eterno, con una incidencia especial del fuego precisamente "allí". Rebusqué entre los trocitos de la foto, que se habían dispersado por el viento, hasta encontrarlo. Sí, aquel par de centímetros cuadrados en que se hallaba el par de tetas. Todo contrito, con seguro destello de agresividad en los ojos contra Alberto y un regusto interior por lo que apretaba en mi mano y acababa de salvar, busqué un rincón en mi cartera de plástico amarillento y lo guardé. Allí estuvo, en el santuario de mi incipiente perversión, hasta no sé cuándo, quizás hasta que perdí definitivamente la inocencia porque había llegado a la Marina y convertido en marinero.
Importantes entonces y no menos ahora resultan tan naturales glándulas: tarjeta de presentación de jóvenes y maduras, que se quedan sin una perra y se exponen en un quirófano pese a la pérdida general en la curiosidad y la sorpresa. Porque algunas, las caprichosamente retocadas, son de molde en aspecto y textura, redondas y rebosantes como medias yemas de huevo de avestruz. Aunque bellas siempre, evidentes y sin misterio por repetidas. Hasta la Popotito, si levantara su interés y su libido, pese a sus piernas como par de palillitos, luciría, sin duda, unas hermosas y redondeadas tetas.
Pero, en el fondo, debo confesar que es pura envidia. Envidia como la del lobo y las uvas porque uno ya no sabe qué podría ponerse para que lo miren. Hacen bien, ¡qué caramba! Además, ya conocen lo de las carretas.




Comentarios sobre Opinión
que mal montada esta esa imagen se nota que es mentira