Opinión
Cultura
Por MANUEL Mestre
El hombre del campo era un sabio apegado a la tierra que cuidaba del ganado y cultivaba las plantas e interpretaba las nubes para saber cuándo llegarían las aguas. Una enseñanza que pasaba de padres a hijos a través de la tradición oral. Conocimientos ancestrales que se pierden ya en el mar del olvido. Si hoy nosotros tuviéramos que vérnoslas con un medio hostil y realizar acciones tan simples como orientarnos en medio de la nada, buscar agua o encender fuego, caeríamos en la cuenta de las fisuras de nuestro mecanismo y alma de muñeco cibernético con telefonía móvil. Porque uno de los grandes traspiés que hemos dado ha sido creer que nuestra cultura científico-técnica y occidental, que hunde sus raíces allá por la antigüedad greco-latina y por los umbrales judeo-cristianos, es superior al resto. Porque la cultura no son las máquinas, estas sólo sirven para hacernos la vida mejor, que no es poco. Como tampoco lo son los datos sin más, para ello ya están las calculadoras, las enciclopedias, y ahora Internet. Además de que no existe nadie que pueda ser ducho en todas las materias. Aunque sí existe una cultura común que debiéramos cultivar y esa no es otra que la de la ciencia y la ética global, esta última basada en la Declaración Universal de Derechos del Hombre. A partir de ahí lo que nos queda son las verdades privadas de cada uno a partir de sus ideales políticos o sus creencias religiosas. Así, valores como la duda, la fraternidad, la tolerancia, la humildad, la bondad, el amor al prójimo, la libertad..., son la base para una cultura auténtica sobre la que asentar los conocimientos.



