Opinión
Una balada de otoño
Por ROSA Luque
Otro septiembre más, con sus esperanzas y frustraciones. Septiembre es como enero, sino que menos frío y más melancólico. Como fin y comienzo de tantas cosas, son meses bisagra que uno quiere aprovechar para ajustar cuentas con el pasado, sacudirse lo que ni cuadra ni gusta y empezar una vida nueva. La diferencia está en el color, y es la misma que media entre el blanco y el amarillo. Enero ofrece la albura virgen del año por estrenar, cargado de cándidos propósitos, y llegas a él con el resacón alegre de unas fiestas tristes, digan lo que digan Papá Noel y el Corte Inglés. Septiembre, en cambio, se te cuela de pronto en la agenda, repleta de responsabilidades y agobios, cuando aún tienes pegada al cuerpo la arena de la playa y todavía no es ni siquiera recuerdo tu último verano azul. Un asalto en toda regla que te deja la moral por los suelos, y allí se queda un tiempo haciendo compañía a las hojas muertas del otoño a punto de asomar por la esquina.
En fin, que cursilerías aparte, se comprende lo del síndrome postvacacional y otras depresiones vagas, que es a lo que iba. Y es que nada menos que el 57% de los trabajadores dicen sufrir dolor de cabeza, trastornos intestinales, insomnio y desmotivación en los primeros días de la vuelta al tajo y, no se sabe bien por qué, los andaluces en ración más grande. Al parecer, somos los que más tardamos en recuperar el pulso normal tras las vacaciones, si hemos de creer los resultados de un estudio elaborado por Randstard, empresa especializada en recursos humanos, que traduce a estadísticas el paisaje desolador de estos días, encima flagelados por la amenaza de la gripe rara. Aunque lo angustioso de verdad es no tener un trabajo al que volver. Y eso empieza a ser una pandemia que pide la vacuna a gritos.



